martes, marzo 22, 2016

Invitación a vivir en el presente
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Por Ps. Bernardita Ibáñez Carvallo
Docente Universidad San Sebastián


Hace unos días, estaba en un restorán y observé una escena que ha ocurrido muchas veces, pero me detuve a reflexionar en ella. Una pareja se sentó y pidieron un café, luego cada uno sacó su celular y estuvieron así unos 20 minutos mientras tomaban su café, en dos ocasiones hablaron mostrándose algo del celular y en la mitad se sacaron una selfie, pidieron la cuenta y se fueron.

Parece que cada vez más nos cuesta estar en el presente, cuando estamos en una actividad pocas veces tenemos conciencia de estar plenamente en ella, como esta pareja enganchada al mundo virtual, que no se miró nunca a los ojos ¿Y cuántas veces algo parecido nos ha pasado a nosotros?

Y cuando no estamos conectados a un dispositivo, tampoco tenemos consciencia de estar plenamente en una actividad. Divagamos pensando en el pasado, “lo debí haber hecho mejor” y “si le hubiera dicho esto otro no habría quedado mal parada”, o bien estamos planificando el futuro, sea inmediato o a largo plazo. Y nos cuesta escuchar la quietud de nuestra respiración, observar el juego de nuestros hijos y sus emociones ¿de dónde surgió la rabia de uno de ellos que ahora nos sorprende en una pataleta y nos saca del ensimismamiento?

Pero cómo me voy a conectar con el otro si no estoy realmente ahí con él, si mi mente vagabundea en el almuerzo del día siguiente, en la compra del supermercado o está pendiente de la conversación de whatsapp.

De este modo, nos vamos desconectando de nosotros mismos y de los demás. Ya no sé lo que siento, porque el silencio y la quietud se han vuelto intolerables en el mundo actual. No me callo nunca, mi cabeza no se detiene ni un minuto para simplemente sentir. Y cuando lo hago ¿Qué aparece? Cansancio, desesperanza, entusiasmo, angustia, alegría. Es la información más directa del presente, esas emociones son la voz de lo que nos ocurre. Pero el silencio se ha vuelto algo incómodo. Me ha llamado la atención, que en los partidos de fútbol, cuando se pide hacer un minuto de silencio por alguien que murió o alguna otra situación, en realidad nunca se llega al minuto, son como 12 segundos y cuando terminan todo el mundo aplaude. Nunca he entendido por qué se aplaude, pero creo que es para calmar la ansiedad que produjo estar tanto tiempo en silencio y “haciendo nada”.

A través del silencio, es que nuestras necesidades pueden ser escuchadas, al igual que nuestras emociones, sentimientos, intuiciones; ellas nos ayudan a conectarnos con los demás y con nosotros y nos guían en las decisiones, desde las más simples y cotidianas, hasta las más grandes.

¿Cuál es la invitación? Es a vivir en el presente, no porque el pasado y el futuro sean irrelevantes, nos entendemos a partir de nuestra historia y nos movilizamos hacia metas futuras. Más bien, se trata de aceptar la experiencia del ahora ya sea positiva o negativa, contactarnos con eso que estamos viviendo nos ayuda a responder de mejor manera y a reducir el sufrimiento, ya que cuando nos resistimos a sentir una emoción negativa añadimos sufrimiento a ella. Lo cual no es fácil porque llevamos años acostumbrados a PENSAR, creemos que todo se resuelve desde lo racional, ahí están las respuestas y verdades.

Blaise Pascal, filósofo y matemático francés del siglo XVII, señala “Todas las miserias del hombre se derivan de no ser capaz de sentarse en silencio, en la soledad de una habitación.” Contactarse con lo que se siente en el cuerpo y observar los pensamientos con distancia posibilita que descubramos formas de funcionar mecánicas y reacciones rígidas que repetimos y nos llevan a tener los mismos conflictos siempre. Estar en el presente implica descubrir la emoción que nos provocan las situaciones, encontrar nuevas salidas y elegir libremente una de ellas, dejando de estar atrapados en pautas automáticas.

Si simplemente logramos estar aquí y ahora, podremos realmente captar la paz, la euforia o la melancolía de un momento y escucharnos y seguirnos el pulso a nosotros y a los demás, para poder realmente disfrutar de la maravilla de estar vivos junto a otros.