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No cualquier cosa es arte

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Por Julio Sánchez, periodista y socio de WE Comunicaciones

En la reciente discusión por el Registro de Vándalos, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) advirtió que sancionar los rayados no autorizados podría derivar en una "criminalización de la expresión artística". Su preocupación apunta a que una redacción demasiado amplia de la ley termine alcanzando manifestaciones culturales o políticas protegidas por la libertad de expresión.

Lo anterior puso sobre la mesa un debate que parecía zanjado. Debate pobre, por lo demás. ¿Son los rayados en propiedad privada una expresión artística?

Desde hace siglos, filósofos y críticos han discutido qué es el arte. La RAE lo define como “la capacidad, habilidad para hacer algo”. Un segundo concepto de la misma academia agrega que puede tratarse de una “actividad consistente en crear obras que, mediante recursos principalmente plásticos, visuales, sonoros o literarios, produzcan una estimulación estética o intelectual”.

Lo cierto es que existen comunes denominadores en esta ecuación: talento, oficio, sensibilidad y/o creatividad. Por supuesto trabajo y disciplina. Una serie de factores que complejizan un ecosistema que, al final del día, no es para cualquiera.

En efecto, detrás de una obra hay un proceso de aprendizaje, una búsqueda estética y una intención que va más allá del impulso inmediato. Si bastara con tomar un aerosol y dejar una marca sobre un muro para convertirse en artista, entonces todos lo seríamos. Pero no. A no confundirse.



Tal como escribir unos párrafos no convierte a cualquiera en novelista, o tocar unas notas no es suficiente para ser compositor, intervenir una pared no transforma el acto automáticamente en una obra de arte. Porque sí, el arte puede adoptar formas muy diversas, pero siempre exige algo más que la mera voluntad de expresarse.

Sin ir más lejos, el propio arte urbano demuestra esa diferencia. Los grandes murales que hoy enriquecen (y embellecen) distintas ciudades en todo el mundo fueron concebidos con una intención estética reconocible. Dialogan con el entorno, con el sentir de los vecinos, y muchas veces cuentan con autorización o con el consentimiento de las comunidades donde se emplazan. Otra cosa muy distinta es la proliferación de firmas repetidas, rayados improvisados o mensajes sobre fachadas patrimoniales, viviendas o pequeños comercios, que nadie entiende y que ningún vecino pidió.

Por consiguiente, llamar "arte" a todo por igual termina perjudicando precisamente al arte urbano y al arte en general. Si toda intervención tiene el mismo valor, entonces ninguna merece una valoración especial. Con todo, lo que plantea el INDH va precisamente en la línea contraria de las complejidades, tiempo, dedicación, trabajo y disciplina de los verdaderos artistas que buscan en sus obras construir, no destruir.

Además, existe un aspecto que suele quedar fuera de la discusión: el derecho de los demás. La libertad de expresión protege las ideas; no convierte cualquier soporte ajeno en un lienzo disponible. Una sociedad democrática reconoce el derecho a crear, pero también el derecho de los ciudadanos a conservar sus bienes y a disfrutar de un espacio público cuidado.
Ambos principios, en un marco mínimo de respeto y buena convivencia, deben saber convivir.