11 de abril - Día Mundial del Parkinson
- Esta enfermedad puede aparecer más allá del típico temblor. Conoce los síntomas a los cuales hay que estar atentos y cómo la actividad física ayuda con este diagnóstico.
Chile lidera la prevalencia de Parkinson en América Latina. Con una población que envejece a ritmo acelerado y acceso desigual a neurología especializada a lo largo del territorio, el país enfrenta un problema que va mucho más allá del temblor en las manos.
Lo que el cuerpo avisa antes del temblor
Hay una ventana —a veces de años— entre las primeras señales y el diagnóstico formal. El problema es que esas señales no se parecen a lo que la mayoría imagina cuando piensa en Parkinson. No son temblores. Son noches de sueño agitado, pérdida del olfato, una letra que se achica sin razón aparente, o una lentitud sutil que se confunde con cansancio.
Estos síntomas premotores pasan desapercibidos con demasiada frecuencia. Y ahí se pierde un tiempo valioso, porque las intervenciones tempranas —farmacológicas y no farmacológicas— son las que mejor preservan la funcionalidad.
Estas señales merecen una consulta neurológica:
• Temblor fino en reposo, sobre todo en una mano
• Lentitud nueva al caminar, vestirse o escribir
• Rigidez que aparece al despertar y no cede con el movimiento
• Pérdida del olfato sin resfrío ni otra causa
• Sueño agitado con movimientos bruscos (trastorno conductual del sueño REM)
• Letra progresivamente más pequeña (micrografía)
• Apatía, ansiedad o ánimo bajo sin explicación clara
“La enfermedad de Parkinson es tan variable que no hay dos pacientes iguales. Los primeros síntomas pueden ser tan sutiles como una rigidez leve o un cambio en la escritura. Eso no los hace menos importantes: justamente por eso hay que consultar a tiempo”, explica el doctor Andrés de la Cerda, neurólogo especialista en Parkinson.
Ejercicio: ya no es recomendación, es tratamiento
Durante décadas, la actividad física fue una sugerencia genérica en la consulta neurológica. Hoy es otra cosa. Ensayos clínicos y metaanálisis publicados en Neurology, The Lancet Neurology y Archives of Gerontology and Geriatrics coinciden: el ejercicio sostenido de intensidad moderada a vigorosa enlentece el deterioro motor, mejora el equilibrio, reduce caídas y atenúa síntomas depresivos.
El mecanismo no es abstracto. El ejercicio promueve neuroplasticidad, eleva la producción de BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), mejora la conectividad en circuitos dopaminérgicos y tiene efectos antiinflamatorios directos sobre el sistema nervioso central. En la práctica, eso se traduce en pacientes que caminan mejor, se caen menos y reportan mejor ánimo.
Lo que no se ve: el peso de los síntomas invisibles
Un registro con más de 23.000 pacientes lo confirmó: la depresión moderada a severa es el factor que más deteriora la calidad de vida en personas con Parkinson —incluso más que la discapacidad motora. A eso se suman fatiga crónica, somnolencia diurna, dificultad para concentrarse y sudoración excesiva. Síntomas que rara vez se mencionan en la consulta y que, sin embargo, definen el día a día del paciente.
Los trastornos del sueño merecen atención aparte: son frecuentes desde etapas tempranas, empeoran el pronóstico y deterioran la función cognitiva. También aquí el ejercicio ha mostrado beneficios concretos: mejora la arquitectura del sueño y reduce la ansiedad nocturna.
“No podemos curar el Parkinson todavía, pero sí podemos cambiar su trayectoria. Un diagnóstico a tiempo, un programa de ejercicio adaptado y un abordaje integral de los síntomas no motores hacen una diferencia real en la vida de las personas. Necesitamos que el país entienda esto como un problema de salud pública”, concluye el doctor Andrés de la Cerda.



